Veíamos ayer, de Lola Leonardo

Mentiría si dijera que recuerdo perfectamente la primera película que vi en el cine. O la primera vez que vi un cine.

En el cole al que iba me apuntaron a un ciclo los sábados de otoño. Me fastidiaron bien, porque esas mañanas eran las que aprovechaba para sacar los tebeos de la mesilla y quedarme leyendo hasta que mi madre empezaba a vocear. Me recuerdo en el borde de la cama con cierto frío poniéndome los calcetines largos, creo que a las 9, la hora del Mortadelo. Yo tendría 12 años, si no me falla la memoria, que me falla a mi antojo para recolocar recuerdos, o inventarlos, o recrearlos.

Sólo me viene a la cabeza un título de aquel ciclo: Piel de asno. Me había leído el título atribuido a Perrault ese mismo verano. Por cada cuaderno de cuentas Rubio terminado en vacaciones, mis padres nos compraban un libro de Historias Selección o uno de Cuentos de Hadas; aún los conservo.

Mi vida cultural se reducía entonces a los libros de cuentos e historias juveniles, a los tebeos que cambiábamos los domingos en el quiosco de Agustín y a ver todas las películas de la tele y el teatro de Estudio 1.

Yo, por aquellos años, ya llevaba tiempo inventando historias; a mi hermana le contaba algunas que iba improvisando según se abandonaba al sueño, y para mis compañeras de pupitre fui capaz de recrear las andanzas del Lute por mi pueblo en una de sus fugas de prisión. Pura ficción.

Pues bien, Piel de asnoPeau d’âne, 1970, de Jacques Demy, era una de las pelis del ciclo. Estrenada unos años antes, me resultó más que curioso, casi asombroso que todas esas imágenes que yo me hacía en la mente al leer el cuento estuvieran moviéndose por una gran pantalla, con todos sus colores, con sus voces, con sus caras de personas de verdad, y con música.

No es que supusiera la revolución de mi mundo. Lo realmente maravilloso de aquellos años fue descubrir la sesión doble en el ya desaparecido Cine Delicias, en la calle Carmelo del populoso barrio vallisoletano. Quedar con la pandilla e ir el sábado por la tarde, ¿o era el domingo? suponía, una vez al mes, un gran acontecimiento social, con una película buena y otra de golpes, normalmente de Bruce Lee, que dejaba maravillados a los muchachos. Mi hermano practicaba con nosotras una suerte de artes marciales sin muerte cada vez que salía del cine. Las chicas soñábamos, mientras, con un casto beso de Gary Cooper.

Tras un mes de encierro social forzoso con esta alerta sanitaria del coronavirus, me da por pensar cuándo voy a poder volver al cine, a hacer la ronda de bares de los viernes por la noche, a dar largos paseos con el perro, a no ir con miedo a comprar, a salir cuando me apetezca o a encerrarme en casa cuando me dé la gana. Éramos felices y no lo sabíamos, porque éramos libres.

Paralizadas nuestras vidas, nuestros trabajos, nuestro movimiento, a veces, si no fuera por la lectura, por las películas, por la música, por las series (dos días salvados gracias a la cuarta parte de la extraordinaria La casa de papel) acabaría arañando sombras y paredes. La cultura nos salva de la soledad no deseada. A cambio, el ministro del ramo, ignora a los suyos: ni un mínimo paquete de medidas extraordinarias para paliar su fragilidad. Mientras, otros gobiernos europeos ya han establecido marcos normativos para salvaguardar el sector. No es de extrañar que Juan Echanove se pregunte indignado: “Si no tengo cultura ¿para qué coño quiero un ministro?”

Cuando esto acabe, iremos, por ellos y por nosotros, a la sala donde vimos la penúltima, para ver la primera. Como hemos hecho prácticas de aplausos con matrícula de honor, que los próximos sean para aquellos que nos curan, nos remueven o nos reconfortan el alma desde la pantalla.

Lola Leonardo. Periodista

Publicado en Canto a las salas de cine.