Una experiencia catártica, de Jonás Ojeda

Buscar en la memoria evocando las primeras experiencias de cines me llena de recuerdos y momentos mágicos. No soy capaz de  recordar cuál fue mi primera vez en el cine. Pero hay varias experiencias que me han marcado a fuego.

Recuerdo la semana cultural en mi colegio “Coeducuación”. Era un centro público que tenía uno de los proyectos educativos más increíbles de Valladolid. El curso de lo mayores preparó una sesión de cine con Los hermanos Marx en el oeste. Habían pasado décadas de su producción pero en ese momento había más de un centenar de niños riéndonos sin parar con ese grupo de hermanos neoyorquinos que encajaban un gag tras otro.

Los hermanos Marx son un recuerdo como mero espectador. Pero el cine aún me tenía guardados otros momentos que me llevarían a soñar con hacerlo. No recuerdo en qué sala fue pero aún resuena en mi cabeza “… esto es Halloween, esto es Halloween…” Ver Pesadilla antes de Navidad fue como una caída del caballo. La magia de esas marionetas moviéndose me dejó pegado a la pantalla y me hizo perseguir un sueño que aún sigue latiendo. Si la película de Henry Selick supuso mi despertar, los ciclos de cortometrajes de animación  de la casa Aardman y otras productoras europeas que programaban en Seminci fue lo que me llevó a pensar que podía aspirar a ello.

Sesiones como las que había en el curso de iniciación al cine de Caja España, la primera vez que vi Aladino, la proyección de Pi en los cines Casablanca, cientos de pelis y cines que no quiero olvidar.

Lo que puedo decir es que no concibo un mundo sin que podamos tener esa experiencia catártica que ofrece una sala de cine. Irónicamente, mi vida me ha llevado a cumplir mi sueño de trabajar en una productora de dibujos animados, pero llevando la distribución digital. Las salas de cine son algo especial, algo que se comparte, algo que, por mágico, se debe preservar y fomentar.

Jonás Ojeda de Vicent. Responsable del área digital de Zinkia Entertainment

Publicado en Canto a las salas de cine.