Sexo y arena, de Inés París

Debía ser el año 75, más o menos. Mi padres nos llevaron a los cuatro hermanos, tres chicas y un chico, a ver (de reestreno) “Lawrence de Arabia. Hoy en día, desde la distancia, sospecho que la película le gustaba mucho más a mi padre, que sentía debilidad por la épica y tenía en su despacho el poema “If” de Kipling, que a mi madre que, guasona como era, me advirtió, justo antes de que me sentase, que la película haría que me doliera el cuerpo: “Ya verás, es como ir en camello durante horas”. Una predicción que se cumplió literalmente, a la media hora de película más o menos, me empezaron a doler enormemente los riñones y la parte inferior de la tripa. Un dolor que se mezclaba con la fascinación ante aquellos hombres tan guapos (en la película no sale ni una mujer, por cierto) Omar Sharif y Peter O´Toole (cuyas escenas de cierta ambigüedad sexual habían sido suprimidas en la copia en que vimos)
Dolor y el primer deseo que despertaban juntos en una niña de trece años, asociados a la arena, las aventuras, el bigote de Omar Sharif y los ojos transparentes de Peter O´Toole. Un dolor que resultó ser la primera menstruación, (de la que nadie me había hablado, por cierto) pero que yo confundí con un efecto físico producto de las imágenes. Fue la mía una experiencia “interactiva” y muy intensa: dolor, fascinación y deseo a la vez. Un milagro que aquello no me convirtiera en masoquista para el resto de mis días, aunque confieso que me dejó un poso en lo afectivo y sexual: siempre me han gustado muchísimo los hombres con aspecto de aventureros, a los que puedo imaginar cruzando desiertos. Creo que no soy la única. Para muchas mujeres de mi generación en nuestra juventud los “príncipes azules” tenían aspecto de bandoleros, exploradores, moteros… Y si al final no habías podido tener a unos de esos en tu vida y en tu cama, pues había que “maquearlos” como a tales. A mi pobre ex, un hombre inteligente y sensible dedicado a los negocios, llegué a regalarle, algunos chalecos con muchos bolsillos que se negaba a ponerse explicándome que no le pegaban nada Tranquilos, tranquilas, afortunadamente con los años se me ha pasado la tontería. Lo que sí continúo pensando es que en la oscuridad de una sala, ante una gran pantalla, por muy acompañados que estemos, la historia se individualiza y se hace “nuestra” y con esa historia viajamos, cabalgamos, nos enamoramos, con una fuerza que hace que nos duela el cuerpo y se trasforme nuestra forma de ver el mundo. Una maravilla. In šāʾ Allāh

INES PARIS. Guionista y directora

Publicado en Canto a las salas de cine.