Mis salas de cine siguen abiertas, de Conxita Casanovas

Me ofrecen recordar como descubrí el cine. Tengo que remontarse para ello a los preciosos años 60, que conozco más de oído que otra cosa, donde triunfaban los Beatles y el fenómeno hippie. Fue antes de que mi abuela Constancia, un nombre al que hacía honor, me llevara de la mano, de “matinales”, recorriendo cines de Barcelona con nombres tan rimbombantes como el Waldorf o el Regina, donde veíamos películas como “El violinista en el tejado”, con aquel pegadizo “Si yo fuera rico”, o “El gran Caruso”, con el terno y actor Mario Lanza en su apogeo. No quiero ni contaros lo que me hizo sufrir con las cuádrigas y los leprosos de “Ben Hur”… También como ella era modista de profesión  y gran aficionada  al cine, viví el lujo y esplendor de musicales como “Hello Dolly” donde  reinaba Barbara Streisand y el romance de “Love Story”, cuando, a escondidas de mis padres, me hacía acompañarla al cine Verdi que afortunadamente hoy sigue en pie gracias a los desvelos de Adolfo Blanco. Era uno de los cines de mi barrio de Gracia porque yo vivía en la calle Asturias, al lado de la Plaça del Dimant que inmortalizaría Mercè Rodoreda. Ibamos también al Selecto de la calle Mayor de Gracia donde en otro tiempo contaban que hasta había variedades. 

Pero fue en otro cine del barrio -también abierto todavía,¡qué maravilla!-, el Cine Bosque, donde me dejé envolver por primera vez por la magia del cine, con las clásicas películas infantiles de Walt Disney, llorando con Bambi, como todos mis compañeros, producto de Baby boom, o sonriendo con las grandes orejas de Dumbo. Era tan pequeña que no recuerdo el impacto que me produjeron aquellas imágenes en movimiento, pero si el alborozo de la excursión a la sala, a aquella sala que ya no se despegaría de mi vida, con parada obligatoria, al ir y volver del cole, para ver los carteles de películas como “Saló” o ” La naranja mecánica”, que despertaban la curiosidad de una niña que no podía entrar ahí. Y me quedaba yo plantada y fascinada, soñando con lo que pasaría dentro mientras se proyectaban esas películas a las que no tenía acceso. Poco sospechaba que acabaría dedicándome en cuerpo y alma al oficio de periodista y crítica de cine, cuando yendo con mi madre, no me dejaron entrar a ver “El castañazo”. Otra vez por la maldita edad, los rombos y esas cosas de la época. Luego me desquitaría yendo con ella a ver “La chica del adiós” y muchos años después “El último tango en París”, en el cine Alexandra, con un vestíbulo de los que quitaban el hipo.

Otra experiencia que perdura en mi memoria fue yendo con mi padre -¿dónde estaría esta vez mi madre, otra cinéfila, que a punto de cumplir el martes que viene ochenta años se sigue quedando hasta las tantas viendo películas en la televisión?- a ver “Mary Poppins”, en un palco de un cine de ensueño, el Coliseum. Sentada en sus rodillas, estaba subyugada, más que por la niñera, por el simpático deshollinador, al que encarnaba Dick Van Dyck, y  las simpáticas y entrañables canciones de esta cinta que marcó nuestra tierna infancia. Luego, ya de estudiante, vinieron las tardes del Spring, con sesión doble, con los Fasbinder y los Rohmer, los Bergman, en el cine Balmes, y tantas otras películas que nos marcaron y que nos dejaron dentro de un universo del que ya nunca quise salir.

El Publi, el Fantasio, el Savoy, forman parte de mi vida y de mi educación cinematogràfica. Por supuesto, la Filmoteca, que iba cambiando de sitio y nos permitía descubrir nuevos barrios, como por ejemplo el de la calle de la Cera.  

Suele decirse que el cine no morirá y yo espero que las salas tampoco. Ya veís que en mi memoria perviven eternamente y eso que no soy muy dada a recordar. 

CONXITA CASANOVAS. Periodista y crítica de cine. Directora del Barcelona Film Festival. 

Publicado en Canto a las salas de cine.