La última película, de Fernando Herrero

Se apagan las luces de la sala. Cuatrocientas butacas que se van ocupando por niños y mayores. La magia comenzará de inmediato. Vuelvo a mi niñez. Se confunden las fechas y las imágenes, pero permanece esta sensación de entrar en la cueva de Ali Baba, llena de tesoros, pero con la ausencia de la terrible serpiente pitón guardiana de los mismos.

                Una sala que asume todas en las que visto cine. Innumerables, pero que se unen en una sola. Es el misterio de la magia. En cualquier local puede surgir lo fantástico y lo real. El pasado resurge con el niño que fue cautivado por ese lenguaje de la sala oscura. El cine acompañó mi vida en esos locales que constituyeron la dualidad de la vida personal y de la colectiva que unen tiempos y lugares.

                Salas grandes y pequeñas, la pantalla blanca que se puebla de imágenes. Los espectadores que no conozco pero que son, como yo, comulgantes de esta relación y forman parte de un ritual original. Venta de entradas, de palomitas, comentarios previos y posteriores, acompañados de café o vino. Algo especial que forma parte de vivencias personales y diferenciadas,  desde una comunidad que surge en el local.

                Cajas mágicas que, en la epidemia, permanecen cerradas y silenciosas. Las proyecciones on line son diferentes, la magia ha desaparecido. El contenido, las películas, necesitan el continente, las salas de proyección, como en todos los casos del arte, museos, teatros, auditorios. En el cine se unen todas las clases sociales, todas las edades. Los espectadores buscan otra vida, que esos espacios mágicos le proporcionaron día tras día cuando fue niño y que luego como adulto resulta esencial en su vida laboral y lúdica.

                Cajas en las que permanece la memoria individual unida a la memoria del tiempo.

Fernando Herrero. Periodista

Publicado en Canto a las salas de cine.