La última película, de Darío Álvarez

Recuerdo el cine parroquial, sin nombre, de mi infancia en Santullano, un pueblo de la cuenca minera de Mieres: un local situado en los bajos de una iglesia moderna construida a finales de los años 50, con butacas de madera y el suelo repleto de cáscaras de pipas en la sesión infantil. En él descubrí, asombrado y emocionado a partes iguales, la magia de las películas («toleradas», con los besos convenientemente censurados, todos esos besos que nos robaron cuando, sospechosamente, se iba el foco o el cuadro); películas de reposición -a las que jugábamos después de la sesión, queriendo hacer todos de protagonista-, con sus coloridos carteles (guardo en mi recuerdo uno, «El hombre de Oklahoma», que me llamaba especialmente la atención) o los anhelados programas de mano que coleccionábamos como auténticos tesoros. También estaban los cines de estreno en Mieres, de elegante arquitectura y nombres resonantes -el Capitol, el Pombo, el Novedades y el Esperanza-, a los que me llevaban algún que otro domingo mis padres; allí no se comían pipas, pasaba un vendedor uniformado con una bandeja de madera colgada del cuello y mi madre le compraba finos paquetitos de avellanas o caramelos masticables que hacían mis delicias. Y en el descanso el nostálgico letrero de «Visite nuestro bar». En Figaredo había otro cine, el Royalty, en el que mi abuelo trabajó de acomodador durante un tiempo; me llevaba mi abuela y entrábamos gratis, y hasta pude ver en él alguna película no tolerada. Todos esos cines ya solo existen en mi recuerdo.

El cine era entonces una puerta abierta a la imaginación, el gran agujero de luz en donde todo podía suceder, en donde el corazón se nos desbocaba al ritmo de una estampida de ganado o una carga del séptimo de caballería, acompañada del trotar de nuestros pies en el suelo. Antes de la televisión, mucho antes de internet y de las redes sociales, el cine era el mundo o al menos su representación. La sala de cine, con su acogedora oscuridad solo atravesada por el misterioso haz que salía de la cabina de proyección, era un maravilloso y seguro refugio contra la mediocridad del mundo real y gris en el que vivíamos confinados por completo.

La película de Peter Bodganovich The last picture show me trae a la memoria el cine de mi pueblo. En la secuencia inicial aparece el exterior del cine Royal, un barrido de cámara hacia la izquierda nos muestra una calle vacía de Anarene, un pueblo típico de Texas; en la secuencia final el mismo barrido en sentido inverso termina en el exterior del Royal. Solo un pequeño detalle nos sitúa en dos momentos diferentes: en la secuencia inicial hay carteles de películas en el exterior del cine, en la final no hay ningún cartel, el Royal ha cerrado y con su cierre el tiempo parece haberse detenido en Anarene.

El Royal, como el cine sin nombre de mi pueblo, es una metáfora de la vida, del despertar de los sentidos, del descubrimiento de lo insólito frente a la rutina de unos personajes monótonos y desencantados. Solo Sam, el dueño del cine, parece romper esa rutina, con su memoria de viejo vaquero -como los protagonistas de las películas clásicas de John Ford, John Houston o Howard Hawks que homenajea Bodganovich-, convertido en recuerdo vivo de los épicos paisajes tejanos, ya solo reconocibles en la sala de cine.

Mientras que el exterior del Royal aparece en varias escenas de la película, el interior solo se muestra en dos ocasiones. En la primera, un público mayoritariamente juvenil asiste a la proyección de Father of the bride (El padre de la novia, Vincente Minnelli, 1950). El protagonista, Sony, se recrea en la belleza, casi insultante, de una jovencísima Liz Taylor, que inunda por completo la pantalla, mientras besa a su pareja ocasional que masca chicle, como prólogo de un juego sexual que continuará tras la sesión, de manera poco satisfactoria, en el interior de una vieja furgoneta. En la segunda, al final de la película, Sony y su amigo Duane asisten, casi como únicos espectadores, a la última sesión del Royal, que cerrará sus puertas tras la muerte de Sam, su propietario. Se proyecta un western crepuscular, Red River (Río Rojo, Howard Hawks, 1948); en la pantalla John Wayne da la orden a un grupo de vaqueros de arrancar con el ganado, para iniciar una nueva aventura, como la que emprenderá el propio Duane, quien, tras la proyección, se subirá a un autobús que le alejará del polvoriento Anarene para llevarle a la Guerra de Corea, quizás para no regresar.

Recuerdo el día triste en el que el cine de mi pueblo, como en la película de Bodganovich, cerró sus puertas. Recuerdo vagamente la última película, una japonesa que trataba de unos niños que querían alcanzar la luna, no recuerdo más, solo la inmensa melancolía que me invadió aquel día y que ahora, tantos años después, todavía me envuelve y me sobrecoge. Quizás ese día, como en Anarene, el tiempo se detuvo en mi pueblo; quizás también ese día acabó para siempre mi infancia.

Darío Álvarez Álvarez. Arquitecto y Profesor de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de la Universidad de Valladolid

Publicado en Canto a las salas de cine.