La primera vez, o el hombre imaginario, de Jorge Praga

“Un tembloroso repiqueteo nos llama la atención. Un establecimiento entre los demás establecimientos expone enormes rostros pintados, fotografías de besos, de abrazos, de cabalgatas. Entramos en las tinieblas de una gruta artificial. Un polvo luminoso se proyecta y danza sobre una pantalla; nuestras miradas se empapan de él; toma cuerpo y vida, nos arrastra a una aventura errante: franqueamos el tiempo y el espacio, hasta que una música solemne disuelve las sombras sobre la tela, que vuelve a ser blanca.”

Son las líneas iniciales de El cine o el hombre imaginario, un libro que publicó Edgar Morin en París, en 1956. Dos o tres años después yo comencé a asistir a esa gruta artificial, me estrené como espectador de cine. Espectador de la última generación que puede enarbolar con propiedad el título y la ocasión de la inauguración, de la primera vez. Pronto, a partir de los sesenta, se comercializaron otros artilugios (artilugios para fascinar, llamaba Basilio Martín Patino a los tinglados de siglos atrás) que metieron el cine y las imágenes en movimiento en el corazón mismo de las casas. Los niños que nacieron diez, quince años después que yo no pueden guardar el recuerdo aislado y fundador de esa vida de la sala de cine, de imágenes en movimiento que solo se movían allí, que eran exclusivas de esa oscuridad extranjera, a la que había que acudir en una excursión familiar siempre rodeada de importancia y excepcionalidad.

Mi primera vez me la entrega el recuerdo con precisión y solemnidad. “Lo que se recuerda, aunque no sea cierto, es, en cambio, la verdad”, anota el poeta Joan Margarit. Mi verdad, por tanto: teatro Principal, en León, primavera de 1959. Proyección de una película a la que me llevan mi hermano y mi hermana, ambos mayores que yo. Se titula El cebo. Pronto me quedo absorto y aislado en la butaca, entregado a una historia que me agarra por el pescuezo desde el principio. En un pueblo hay varios asesinatos de niños que la policía, con un detective escolástico a la cabeza, parece aclarar. La tranquilidad dura poco. El asesino sigue suelto, la pantalla se llena de sus preparativos para atraer a una nueva víctima con unos muñecos que mueve ágilmente con sus manos. Un cebo que ensaya en una zona boscosa y aislada, por donde va a pasar su víctima. El rostro del asesino es repugnante, su risa hiela la sangre, su simpatía ya sé lo que esconde. El bosque, el camino, el niño que va hacia allí. No se puede hacer nada desde la butaca, desde la oscuridad que me envuelve como un gas. La policía acude a tiempo, la navaja no llega a cortar el cuello del niño, pero la salvación en el último minuto no limpia la angustia, no disuelve el terror. Se encienden las luces pero las imágenes no se borran de los ojos. En la calle, con la noche en las aceras, mis hermanos me dan la mano, sortean la soledad de las esquinas, apresuran el paso. En los días siguientes procuro esquivar la oscuridad que me recuerda aquella donde conocí y temí al asesino, corro de bombilla a bombilla, de ventana a ventana. La cicatriz de aquel miedo no se me ha borrado nunca.

Esa es la verdad del recuerdo. La verdad de la sala de cine, su capacidad para cortar las amarras con cualquier racionalidad, con cualquier explicación lógica. “La realidad es el cepillo de dientes, un boleto de autobús, un cheque… y el ataúd”, decía la voz profunda de Orson Welles en Fake. En esa gruta que converge en la pantalla me desnudo de accidentes y domicilios, de identidades y deberes, de realidad, para ser el hombre imaginario que se nutre de las sombras de la pantalla. Solo allí, bañado en esa oscuridad edénica alcanzo la transparencia del anonimato y la permeabilidad de la indefensión. Salí marcado por aquel trance primigenio, volví tras su recuerdo verdadero muchas, muchísimas veces, y solo deseo que la puerta que me convierte en el hombre imaginario siga abierta.

Jorge Praga. Escritor y crítico de cine.

Publicado en Canto a las salas de cine.