Esa fascinante pantalla oscura, de Vidal Arranz

“El cine refleja la realidad, pero es también algo que se comunica con el sueño”. Nos lo explicó Edgar Morin, en El cine y el hombre imaginario, un ensayo escrito en el ya lejano año de 1956, pero desde entonces muchos más han transitado por ese mismo estimulante camino, el de la dimensión onírica y anómala del arte cinematográfico. Una aproximación que los cineastas surrealistas, con Luis Buñuel a la cabeza, frecuentaron hasta convertirla en seña de identidad, e incluso en marca de estilo.

Podríamos decir que el sueño es esa otra realidad distinta de la realidad cotidiana, y con reglas propias, que nos recuerda que no hay una única forma de aproximarse a los misterios de la vida. Y que nos obliga a experimentar el carácter huidizo y esquivo de algunas de ellas. Raramente nos acordamos de nuestros sueños más que en forma de imágenes sueltas, retazos o fragmentos narrativos. El sueño aparece, así como una sugestiva metáfora del propio cine, un arte que, por su propia naturaleza, se nos ofrece como una realidad alternativa que nos permite acceder a algunos misterios de la existencia a través de túneles ocultos y ventanas misteriosas que a veces se despliegan en las películas más insospechadas, y de los modos más imprevisibles.

Pero cuando más claramente aparece, o se intuye, esa conexión del arte de las imágenes con el mundo de los sueños es cuanto más atrás en el tiempo retrocedemos en busca de los orígenes de nuestra fascinación por el séptimo arte. Se trata de un ejercicio que, en sí mismo, entraña toda una aventura. El aficionado afronta una indagación en la que se combinan la memoria y la suposición, cuando no, quizás, incluso la invención retrospectiva, intentando recrear algo del brillo y del calor de ese fuego primigenio que latió en nuestros corazones y conciencias.

Al fondo del túnel de tiempo aparece a menudo una excitación inconfundible, la emergencia de alguna dimensión nueva y arrebatadora. Una emoción que, a veces, puede ser de miedo, y otras, de intensa alegría y felicidad. Ay, el gozo de esas primeras proyecciones de El maquinista de la general, de Buster Keaton, que con once o doce años nos pillaron en la etapa aún virginal de nuestra vida, con el candor suficiente como para disfrutar de su arrebatadora comicidad con una inocencia y pureza que hoy sólo podemos evocar, suponer, o reconstruir intelectualmente.

Pero también hay recuerdos de pura fascinación vinculados con el descubrimiento del poder de la fantasía. En mi caso, El planeta prohibido, de Fred McLeod Wilcox, curiosamente también del año 1956, ocupa un lugar de honor. La primera vez ocurrió en la sala de cine de la antigua Caja de Ahorros Provincial, en la Plaza de España, en los tiempos en los que las cajas desarrollaban una generosa actividad cultural. Guardo muy buenos recuerdos de aquella sala, tan recoleta y misteriosa, a la que había que acceder bajando unas escaleras que parecían trasladarte ya, por si solas, a otro mundo. La frecuenté muchos sábados como miembro del club de cine juvenil de la entidad, y allí vi también mis primeras películas de Ingmar Bergman. Muchos años después me reencontré con ella, como espectador de la Seminci, con películas de Ken Loach o Gianni Amelio.

Pero probablemente nada pueda compararse con aquella primera tarde en la que me enfrenté, por primera vez, con esa amenaza terrorífica, invisible, que era capaz de doblegar el escudo de fuerza de la nave espacial de los protagonistas. Las imágenes que muestran a esa fuerza sin forma penetrando en la muralla protectora quedaron prendadas en mi retina. Mucho después he vuelto a verlas, y me siguen impresionando. Son la prueba más evidente de que la sugerencia puede ser mucho más eficaz que la evidencia. Por las grietas de los muy elementales (desde el punto de vista actual) efectos especiales de aquellas películas pioneras se filtra el misterio y la magia de un modo que no es posible conseguir en las mucho más hiperrealistas fantasías actuales, tan abrumadoras en detalles, y en perfección técnica, que la primera sensación, y casi la única, que aflora en tantas ocasiones, en la del asombro por el mero prodigio técnico. Pero la verdadera fantasía, que es siempre humilde, a menudo queda fuera, incapaz de hacerse hueco entre tanta perfección aparente.

Todas estas primeras experiencias iniciáticas florecieron en la oscuridad de las salas oscuras, y me atrevería a decir que tienen componentes esenciales que no se conciben fuera de ellas. Nada puede sustituir esa sensación iniciática de inmersión, de desbordamiento, ante el tamaño de la pantalla. Pero aquellas experiencias son también inseparables del misterio asociado con la oscuridad, y su inevitable sabor a lo prohibido, y a lo que está más allá de lo obvio. Entrar a la sala era entrar a otra dimensión, y, especialmente en aquellos años iniciáticos, ello conllevaba una ruptura de la cotidianidad y una disposición de ánimo distinta. Luego, con la reiteración del rito, y la pérdida de la inocencia que acarrea el paso del tiempo, perderíamos parte de aquella frescura, pero el especialísimo entorno de la sala de cine siempre ayudaba a que la experiencia cinematográfica tuviera otra dimensión.

Hoy, cuando la irrupción de lo inesperado ha vuelto imposible algo que, quizás, no valorábamos lo suficiente porque sabíamos que estaba ahí, es inevitable entonar un cierto lamento por las oportunidades perdidas que ahora tendrán que esperar. Aunque nos queda la confianza de que aquella magia insustituible resurgirá de nuevo cuando menos lo esperemos. Como en El mago de Oz, en la que la frase ‘En ningún sitio se está como en casa’ era la que franqueaba el acceso al mundo de fantasía, quizás, para nosotros, esta cuarentena sea el doloroso rito de paso para acceder a una nueva revalorización de lo hoy perdido.

VIDAL ARRANZ. Periodista.

Publicado en Canto a las salas de cine.