El refugio, de José Francisco Pérez Pertejo

Es incuestionable que las pantallas de televisión son cada vez mejores, las hay enormes y con una calidad de definición de imagen (8K la llaman) en la que todavía no emite nadie ni existe formato físico alguno en el que podamos comprar una película. Se pueden acompañar de equipos de sonido con los que mediante la estratégica colocación de altavoces (cada vez más pequeños y coquetos) en el salón del hogar es posible recrear sistemas de sonido envolvente cuyas denominaciones, demasiado técnicas y llenas de números, se me escapan. Las viejas cintas Betamax, 2000 y VHS dieron paso al DVD que actualmente convive con el Blu-ray y con el 4K UltraHD que permiten ver las películas con gran calidad, dobladas al que así lo desee o en versión original con o sin subtítulos. Muchas de estas incuestionables cualidades técnicas son ofrecidas también por las cada vez más abundantes plataformas que, conexión a internet mediante, nos sirven en casa un ingente catálogo de películas. La oferta es tan abrumadora qué si uno no ha decidido de antemano lo que quiere ver, puede pasar más tiempo perdido en los menús de navegación saltando de película en película del que se tarda en salir de una célebre tienda de muebles suecos.

Y sin embargo, aunque en estos días oscuros de pandemia y confinamiento, tanto avance técnico me procure reconfortantes momentos de alivio por las tardes tras pasarme las mañanas trabajando en mi centro de salud; aunque disfrute reencontrándome con los clásicos que me enamoraron del cine o descubriendo las películas recientes que se me escaparon de la cartelera, me he prometido a mi mismo que cuando todo esto termine, lo primero que haré (antes incluso de tomarme una caña con mis amigos), será echarme a la calle a buscar el primer cine abierto donde poder sentarme para que la oscuridad y el (deseable) silencio me aparten durante un par de horas de la realidad para hacerme viajar, enamorarme, llorar, reír o sentir deseos de estrangular a algún villano.

Las salas de cine han sido durante toda mi vida el refugio donde cobijarme cuando la vida aprieta, los recuerdos asociados al cine determinan las etapas más trascendentales de mi vida desde los primeros recuerdos de la infancia. Bambi vista durante unas vacaciones en Gijón fue la primera vez, es cierto que la primera película, como el primer beso, no se olvidan. Después vinieron las películas que, de vez en cuando, nos ponían en el salón de actos del colegio, entre ellas recuerdo especialmente las viejas películas de El Zorro, el primer héroe cinéfilo al que quise parecerme. No las he vuelto a ver.

Como miembro de una generación en la que muchos nos declaramos hijos cinematográficos de Spielberg, recuerdo mi infancia y adolescencia marcada por E.T. o las películas de Indiana Jones. Poco después descubriría que aquel señor que hacía esas películas tan maravillosas y divertidas era también capaz de revolverme el alma con El imperio del sol o El color púrpura. Fueron también los años de ver a Robert Redford lavándole el pelo a Meryl Streep en Memorias de África o temblar con la secuencia de la avioneta sobrevolando la sabana. Fue la primera vez (¡ha habido tantas después!) que al salir del cine busqué desesperadamente una librería para comprarme los relatos de Isak Dinesen “Lejos de África” y “Sombras en la hierba” que, tantas veces releídos, aún conservo.

Pero lo que incuestionablemente determinó para siempre mi vida cinéfila, hace ya demasiados años como para que me apetezca echar cuentas, fue mi llegada a Valladolid para estudiar medicina y el descubrimiento de la Seminci. Gracias a ella aprendí y comprendí que el cine, además de ser un maravilloso espectáculo y un poderoso entretenimiento al que nunca he renunciado, era también una portentosa fuente de creación artística, descubrí que había gente empeñada en contar historias que ocurrían a las personas corrientes, sus nombres eran Ken Loach, Mike Leigh, Gianni Amelio, Robert Guédiguian, André Téchiné, o Nanni Moretti. Otros como Zhang Yimou o Atom Egoyan contaban fascinantes historias, no siempre fáciles de comprender, que me tenían la mente atrapada durante varios días. La fascinación de esas proyecciones a las que, a menudo, acudían actores o directores despertó también cierta mitomanía que aún hoy me acompaña, todavía me estremezco al recordar a Kieslowski en persona contemplando la belleza del teatro Calderón minutos antes de comenzar Azul.

El día que terminaba la Seminci era siempre uno de los más tristes del año, me invadía una especie de melancolía a la que solo daba alivio metiéndome en el cine Groucho de Cadenas de San Gregorio (muy cerca de mi colegio mayor), en el Casablanca que por aquel entonces estaba en la calle Platerías o en el que hoy, tantos años después, sigue siendo uno de mis refugios favoritos, el superviviente Manhattan de la calle Cervantes. Asistí con tristeza al cierre del Groucho, del maravilloso Vistarama, del Roxy o del Coca (donde fui por primera vez al cine con aquella novia que hoy es mi mujer a ver El amor perjudica seriamente la salud, poco caso hicimos a la advertencia del título).

No entiendo la vida sin el cine en el cine. A pesar de todo lo que inventen y de lo que quede por inventar. Las salas de cine no pueden morir nunca. Siento como mía la responsabilidad de contribuir a ello y por eso llevo a mis hijas siempre que puedo, inculcarles el amor por las salas de cine forma parte de la educación (sentimental) que quiero darles.

José Francisco Pérez Pertejo. Médico de Familia y Crítico de cine en No es cine todo lo que reluce

Publicado en Canto a las salas de cine.