De Barrabás a Buffalo Bill, de Carlos Aganzo

Fue en ese cine, ¿te acuerdas? Ya lo creo que me acuerdo. El cine era el San Carlos, en el número 125 de la calle de Atocha. A unos pocos pasos de la casa de mis abuelos en Madrid. Un cinema paradiso ya entonces, a finales de los sesenta, decrépito y decadente. Pero con su fila de los mancos en perfecto estado de revista. Incluso en Semana Santa. O sobre todo en Semana Santa. El lugar exacto donde hoy está la discoteca Teatro Kapital, una de las más in de Europa. Dicen.

Fue en ese cine y fue en Semana Santa. Así que la película era Barrabás. Y Barrabás no era otro que el inmenso Anthony Quinn. Viendo ahora el metraje, comprendo que a mi abuela, que es la que me llevaba al cine por primera vez, se le hiciera demasiado larga. Aunque yo estaba literalmente alucinado con el espectáculo, ella me convenció de que saliésemos antes de que acabara la película, a cambio de una de las manzanas de caramelo que habíamos visto a la entrada. Y de un sobre de Montaplex en el ultramarinos de la calle Marqués de Toca. ¡Quién le decía que no!

Antes que la película, tres fenómenos ganaron mi devoción en aquella sala de proyecciones. El olor a cine, la oscuridad y el burbujeo itinerante de las linternas de los acomodadores. La última se perdió con el tiempo, pero las dos primeras permanecen intactas, inamovibles, en el ranking de las cosas buenas de mi vida. El olor, que es el más desconocido, evocador y provocador de los sentidos. Y la oscuridad, que es la puerta de ese misterio profundo del que nacen la luz y el movimiento. Digo que era Semana Santa. Que unos días antes había visto pasar, con mis abuelos, a Jesús de Medinaceli por las calles del barrio. Y que descubrir en el cine, con ese tamaño de pantalla, la historia de Barrabás, fue una experiencia religiosa. Y fílmica. Con excepción quizás de Zorba el griego, cada vez que me he encontrado después en una película con Anthony Quinn me he encontrado siempre con Barrabás. Y con él me he acordado de la lapidación de Raquel (Silvana Mangano) y de las peleas de gladiadores del gran Torval (Jack Palance), el más famoso luchador de la Roma de Nerón. Dicen. Que me perdone William Wyler, pero cuando años después me tocó ver, también en Semana Santa, a Ben Hur, la historia me pareció mucho más de cartón piedra. Richard Fleisher siempre tendrá a su favor la magia del desvirgamiento cinematográfico.

Muy parecido a lo que sucedió con mi primera película, con mi abuela, ocurrió con la segunda, con mi primo: Pony Expres, graciosamente traducida en España como El triunfo de Buffalo Bill. Un título que hoy no pasa a mis ojos más allá de ser un wéstern de Jerry Hooper de serie B. Pero que convirtió para mí a Charlton Heston en un héroe legendario, montando caballos que cruzaban las grandes praderas a doscientos por hora, sufriendo las torturas de los indios y luciendo, como Mercurio, una pluma salvaje en el sombrero. No he olvidado ni eso ni la turbadora y censurada escena del baño, recibida en el cine con un silbido monumental, entre Rhonda Fleming y Jan Sterling. Creo que aún se oye piafar a los caballos desde aquí.

Aunque hoy están muy lejos de ocupar los primeros puestos de mis preferencias cinematográficas, las películas de romanos y las del oeste siguen produciendo en mí una fascinación y una ternura infinitas. A ellas debo el hábito, el gusto, la necesidad de ir al cine en sala oscura y con pantalla grande. «¡Luz, más luz!» Esas fueron las últimas palabras de Goethe en su lecho de muerte. Dicen. La intimidad, el misterio, la emoción y la erótica de la sala oscura sigue equiparándose para mí al regocijo de los preliminares. Pero el verdadero amor sólo se manifiesta cuando de la oscuridad surge la luz… y empiezan los créditos. Cuando los leones rugen, los tambores del siglo XX redoblan y la luz colombina de América ilumina el mundo con su farol cinematográfico. Entonces los ojos ya están listos para alucinar; el corazón, para desbocarse como un caballo loco del Pony Expres, y el alma… el alma se dispone a recibir el regalo de la fe. A creer que en el cine cualquier cosa es posible. En el milagro de la sala oscura, sin duda lo es.

Fue en ese cine. Me acuerdo.

Carlos Aganzo. Periodista y escritor

Publicado en Canto a las salas de cine.