Aquella infancia de cine, de Angélica Tanarro

A una niña que apenas levantaba unos cuantos palmos del suelo, esos lugares grandiosos le fascinaban. Con sus amplios vestíbulos, escaleras majestuosas, adornos dorados y butacas de terciopelo rojo… Eran lugares donde todo lo que pasara tenía que ser por fuerza importante, trascendente. ¡Cómo, si no, te recibiría a la puerta ese señor uniformado y con galones dorados y gorra de plato! Sí, en la oscuridad y con la seguridad que daba estar acompañada por sus padres, la niña aprendía sobre la magia que también era la vida. Claro que la vida no siempre era justa, ni siquiera en ese recinto maravilloso. Y ella sabía reclamar el cambio de guión a gritos, a lloros inconsolables, como el día que exigió que la madre de Bambi volviera a la vida, con una llantina que ni la amenaza de su madre de que la sacaría de inmediato de la sala si no callaba al momento, pudo evitar.

Aprendía por entonces la importancia de las palabras, del adecuado nombre de las cosas. Aquellos lugares misteriosos donde todo era mágico, donde un elefante podía volar y un muñeco de madera convertirse en un niño algo mentiroso, por fuerza tenían que tener nombres a su altura. Palacio de la Música, Palacio de la Prensa, Capitol, Coliseum… Claro, que no todos eran igual de señoriales, había otros cines más modestos, de reestreno, eran cines de barrio, aunque en su dignidad no renunciaran ni al portero uniformado ni a los ciervos fluorescentes del vestíbulo. No solo el precio de las entradas o la decoración los distinguía, también el ambientador: el de los cines de barrio tenía un olor mezcla de desinfectante y colonia barata que anunciaba aventuras sin cuento nada más traspasar la puerta de la platea. La ventaja de estas salas es que podía ir con sus amigas o con su hermano más pequeño porque estaban cerca de donde vivía. El suyo se llamaba Texas, estaba enfrente de su casa y el nombre no podía estar mejor elegido, porque, con solo cruzar la calle, la hora de la merienda podía pillarle en algún lugar entre ese Estado o el Gran Cañón, al Norte de la cercana Arizona. Ella nunca hubiera podido entender las vacaciones estivales sin el frescor de la oscuridad, la longitud de un programa doble flexible, que se podía enganchar a voluntad en cualquier momento de la tarde, sin esas aventuras en las que la victoria del bueno siempre era celebrada con aplausos y griterío infantil. O sin el cine al aire libre de un pueblo costero, Cine Bahía, que era siempre el final de un día de verano hasta que la discoteca empezó a hacerle la competencia cuando la adolescencia impuso su ley.

Tendría doce años, como su mejor amiga, cuando por primera vez les dejaron ir solas a uno de esos cines importantes de la Gran Vía y a una película de mayores que había causado revuelo en el final del franquismo, ‘Adiós cigüeña, adiós’. Tenían permiso de sus padres, pero a la entrada pedían los carnés, como en aquella canción de Aute. Y ellas, claro, estaban lejos de tenerlo. “Vosotras no tenéis dieciocho años”, dijo la voz severa de aquel hombre harto de adolescentes intentando parecer mayores. “Pero estamos a punto de cumplirlos”, contestaron. A aquel señor le dio la risa, pero recuperó el tono severo: “Vale. Subid deprisa y que no os vea merodear por el vestíbulo”-

Años después, descubriría con su madre la trágica historia de Hildegart y con sus compañeros de facultad discutiría acerca de la calidad o la impostura de ‘La naranja mecánica’. Y sentiría un nudo en la garganta viendo llorar a sus padres en el estreno de ‘Canciones para después de una guerra’

El cine había entrado en su vida. Lo había hecho –mucho antes de convertirse en un lenguaje, en una forma de creación artística— como una celebración comunitaria del deseo de escapar a la realidad cotidiana, de explorar otros mundos, de conocer gente que jamás encontraría en el metro o en los bares, de soñar despiertos. Mucho antes de que también su estudio y análisis se convirtiera en parte de su profesión.

Y, aunque han pasado los años, y la tecnología pretende imponer otras formas de visualización, ella sigue prefiriendo la celebración comunitaria. Ese formar parte al mismo tiempo de algo, algo terrible o sublime, o cómico, o tragicómico como la propia vida. Y en esas celebraciones ir aumentando la familia con el amigo Almodóvar, el primo Kiarostami, el tío Loach o la hermana Varda. ¡Y cómo se agradece la oscuridad cuando ‘La familia’, ‘Cinema Paradiso’, ‘Un lugar en el mundo’ o ‘Solas’, que ahora, sin saber muy bien por qué, le vienen a la memoria, hacen brotar algo tan poco profesional como las lágrimas! Aunque ahora se cuida mucho de expresar en alto su disconformidad o su tristeza.

Angélica Tanarro. Periodista y crítica de cine

Publicado en Canto a las salas de cine.