‘… A mis pechos tomaréis’, de Oti Rodríguez Marchante

Tras varios intentos por comenzar este canto a las Salas de Cine y rebuscar en la memoria mis primeros escarceos amorosos con ellas, percibo unas irrefrenables ganas de ponerme cursi, lo cual me parece una total ordinariez teniendo en cuenta de que no he hecho otra cosa tanto en mi vida como ir a las Salas de Cine, y que, incluso, desde hace ya varias décadas, ese hábito tiene un cierto trazo de rutinario, dadas mis ocupaciones laborales, como el del operario que va a la fábrica. Releo y estoy de acuerdo que esta primera impresión cursi, lo que se dice cursi, no es, aunque también dista mucho de ser del todo cierta, pues al cine, incluso un operario como yo, se va en muchas ocasiones con el pecho abierto de esperanza e ilusión (ufff…, lo dejo, pero esto no debería pasar el filtro).

Dicho lo cual, y tras chapotear en los recuerdos, no consigo llegar más atrás en ese incierto momento en que fui por primera vez a una Sala de Cine; algo que he intentado en otras ocasiones y con el mismo resultado: tendría unos cinco o seis años y mi madre me llevó a ver “Mary Poppins” a un cine que se llamaba La Paloma y que no estaba lejos de donde vivíamos. Era uno de esos cines de reestreno, tan preciados entonces y que con el tiempo iría conociendo como un cura su parroquia. Naturalmente, mi cabeza no da ahora (en realidad, no ha dado nunca) para evocar grandes emociones de aquella tarde para mi inaugural de un deporte, el único, que no he dejado de practicar nunca, pero sí recuerdo un detalle que, por ridículo, lo comparto con ustedes sin temor al virus de cursilería (o peor, pedantería) que suele acompañar a mi gremio en estas ocasiones:

Hace ya algún tiempo que sé que las películas se doblaban, pero entonces era inimaginable para mí; el caso es que Mary Poppins cantaba en español, y una de esas canciones (concretamente “A Spoonful of Sugar”) que yo seguía con interés me hizo escuchar una estrofa que a mis oídos decía “si hay un poco de azúcar esa pídola que os dan a mis pechos tomaréis…”, confundiendo “píldora” por “pídola” y “satisfechos” por “a mis pechos”. La pídola era un juego de niños que consistía en saltarse unos a otros, y le encuentro sentido a que yo oyera pídola y no píldora, algo que ningún niño, al menos de entonces, diría mientras pudiera decir pastilla…, pero, lo otro, lo de “a mis pechos” en boca de Julie Andrews solo puede deberse a algún mal instinto que ya albergaba en secreto, por no decir que a una guarrilla premonición, pues aún faltaban quince años para que los mostrara (¿total, paqué?) en “S.O.B.”, la película de Blake Edwards.

En fin, un encuentro con las salas de cine y con la comprensión del “material” que ahí se distribuye que cualquier lector mínimamente avispado ya podrá sospechar como un claro presagio de que, dentro de mí, ya buceaba la creatividad y el delirio de un crítico de cine.

Oti Rodríguez Marchante. Crítico de cine en el diario ABC y escritor.

Publicado en Canto a las salas de cine.