Campanella: «La Espiga de Honor es un buen fin del primer acto»

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El cineasta argentino Juan José Campanella tiene en la Seminci una «segunda casa»: desde que la visitara por primera vez en 1991 con El niño que gritó puta, que le valió el premio a su protagonista, Harley Cross, ha visitado el festival cinco veces más con algunos de los títulos más importantes de su carrera bajo el brazo: El mismo amor, la misma lluvia, Luna de Avellaneda, El hijo de la novia o El cuento de las comadrejas, su último trabajo.

«La Espiga de Honor no es un cierre, espero que no lo sea, pero es un buen fin del primer acto», ha reconocido durante el encuentro mantenido con los medios de comunicación, en el que ha destacado la emoción que le causa el premio, una «validación» que le llega en un momento de transición como el actual en el que todo, incluido el cine, está cambiando. 

En este escenario, ha recordado su estrecha relación con Valladolid, una ciudad en la que siempre se siente bienvenido y en la que conoció a grandes amigos, como Gerardo Herrero, Aitana Sánchez Gijón o quien fuera el director de Seminci Juan Carlos Frugone. «Es el festival al que más veces he venido: empecé con mi primera película y prácticamente todas han pasado por aquí», se ha congratulado el director, quien en esta 66 edición verá proyectar El cuento de las comadrejas, un proyecto en el que comenzó a trabajar en 1997 y que, convertido en su «sueño dorado», busca rendir homenaje al cine y a quienes lo hacen.

«Es un bombón a degustar», ha afirmado en relación a esta película después de haberse detenido, en su intervención, en El secreto de sus ojos, largometraje que le valió el Oscar a la mejor cinta extranjera, un reconocimiento «muy icónico» con el que todos los directores fantasean y del que se hace entrega en una gala que ha considerado «un show de televisión».

Campanella también se ha mostrado desconcertado ante los cambios que experimenta el mundo del séptimo arte, trasladado en cierta medida a las plataformas y sometido a continuos cambios. «¿Quién sabe qué forma tendrá nuestra carrera de contadores de historias de aquí en adelante?», se ha cuestionado el director, quien ha lamentado que en las salas se esté perdiendo público cuando una de las cosas «más hermosas» es, precisamente, ver a los espectadores y sus reacciones.

Frente a esta realidad se sitúa la del teatro, que aún conserva muchas de las cosas que ha perdido el cine, como la presencialidad del público y el «alma»: «En el cine se ve la representación de los actores. En el teatro se ve el alma de los actores». Su amor por esta disciplina, en la que se «estrenó» a los 22 años, guiará el «segundo acto» de su historia, el que da continuidad a la etapa culminada con la Espiga de Honor: está rehabilitando uno de 700 localidades en el centro de Buenos Aires que se llamará Politeama.

El humor, como las relaciones familiares, sean o no de sangre, es otro de los «básicos» en sus historias, y el hecho de contar con él siempre hace que a menudo le salga solo, lo que por ejemplo sucedió con el primer guion de El secreto de sus ojos, que fueuna comedia. «Estoy sufriendo muchísimo esta ola de corrección política», ha aseverado en relación a las limitaciones que, desde algunos sectores, se quiere imponer al humor, algo que para el cineasta no tiene cabida dado que este «es mejor y cumple un cometido más importante cuando habla de cosas más fuertes y más dramáticas».

Entre sus sueños cumplidos, Juan José Campanella menciona a su familia, que es lo que más felicidad le da, más aún incluso que su carrera. «Tuve mucha suerte en la vida», ha confesado. El cineasta argentino, que recibirá la Espiga de Honor este año junto a Vittorio Storaro, Mercedes Sampietro, Álex de la Iglesia, José Luis Alcaide, Jose Coronado o Emilio Gutiérrez Caba, exhibe este año El cuento de las comadrejas el domingo 24 a las 16.30 en los Cines Broadway y El secreto de sus ojos el viernes 29 a las 19.00 horas en el mismo recinto.

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